Marlborough y Ortega unen su espiritualidad

Publicada el 15 de Octubre del 2009

Galerķa Marlborough

Bajo el título Escala espiritual, arranca la nueva exposición de la Galería Marlborough, donde se aborda la obra del pintor Pelayo Ortega (Mieres, 1956) a través de una treintena de óleos y acrílicos sobre lienzo 
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La Galería Marlborough presenta una nueva exposición del pintor Pelayo Ortega (Mieres, Asturias, 1956). Escala espiritual cuenta con alrededor de una treintena de óleos y acrílicos sobre lienzo, recientes y de diverso formato. En estas obras fechadas todas ellas en el 2009, se aprecia un estilo más depurado, una simplificación de líneas que abordan los temas de forma más concreta, directa y concisa; siempre con su personal y rotunda carga de ritmo y color gracias a una rica pintura matérica.

Pelayo Ortega, que residió en Madrid entre 1975 y 1990, se ha hecho fuerte en Gijón, su actual ciudad de residencia, que fue también la de su infancia y adolescencia, y la de su primera individual, celebrada en 1977. Su primera comparecencia madrileña en solitario, Crepuscular, celebrada en 1987 en una galería desaparecida, y en la que de lo que se trataba era de evocar una cierta memoria de Mieres y en términos más generales de Asturias, marca un importante cambio de rumbo en su trayectoria, que hasta aquel entonces había estado puesta bajo el signo del expresionismo, y que a partir de aquel momento se centra en el tema de la provincia, una provincia metafísica, recorrida por su característico paseante solitario con paraguas, y contemplada primero en clave sombría y melancólica, y luego en términos de mayor luminosidad, como La provincia blanca. Pelayo Ortega ha estado presente en colectivas como El retorno del hijo pródigo, Canción de las figuras o Pieza a pieza. Entre los premios que ha conseguido destacan el Santa Lucía, y el Festivales de Navarra. Sus últimas individuales madrileñas han tenido por escenario la Galería Marlborough, galería con la que ha expuesto en su sede de NY Paintings and Constructions (Marlborough Chelsea, Nueva York, 2005).

En los últimos años, tras un ciclo infantil especialmente feliz, y tras una serie de homenajes a Mondrian, Torres-García, Barradas, Zabaleta y otros de sus pintores amados –también los hay al compositor Érik Satie, o a Tintín, el héroe de Hergé-, y tras una etapa de extrema concisión y elementalidad compositivas, Pelayo Ortega ha abordado una nueva etapa de su obra. En ella, además de revisar algunos de los motivos recurrentes en etapas anteriores de la misma, se plantea El campo de la pintura –título de una de sus series de los últimos años- con espíritu sincrético, asumiendo tanto su pasado figurativo, como su interés por el constructivismo y por las nuevas abstracciones, no rehuyendo la complejidad y la contradicción, y recuperando incluso en ocasiones su primitivo expresionismo, algo que se traduce en superficies arañadas, en colores incendiados, y de nuevo en una cierta dimensión escenográfica.

En la muestra que se inaugura ahora Madrid, coexisten algunos de los temas recurrentes hoy en la obra de Pelayo Ortega: visiones de la provincia (Mi pueblo, 2009; Dos casitas bajo la tormenta, 2009); alegorías de la memoria, de la casa del pintor y del estudio (Taller, 2009; Mi casa en el camino, 2009); homenajes a grandes maestros de las Letras o la Pintura (Gozne-César Vallejo, 2009; Quevedo, 2009; Velázquez, 2009) y, por ultimo, la temática religiosa (Católico, 2009; Cruz, 2009; La escala espiritual, 2009), ya presente en sus trabajos anteriores.

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